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viernes, 23 de abril de 2010

Cortázar, antropólogo. Un leve olor y quedar con ganas de otro poco.


Parte I

La lengua es nuestra patria. 23 de abril


Julio Cortázar inició la investigación, dio las primeras descripciones y quizá elaboró cierta metodología para tratar de hacer un acercamiento de corte antropológico. Aunque nada de método científico, ni positivismo y Comte, ni categorías y subcategorías, cuantitavo o cualitativo que valga un interés, aún el más mínimo, explicar. Sería absurdo hacerlo e intentar un manual teórico cuyos descubrimientos alimenten los afanes de antropólogos necesitados de culturas desconocidas.
Y ese absurdo es divertido, no prohíbe, sólo le dice que explicar con psicologías o patrones de conducta las acciones de esas manifestaciones no publicadas en tratados serios es divertido como un juego; aunque mejor observarlos y escuchar sus historias para seguirlos describiendo en las suyas. Algo como un Cortázar Antropólogo sin querer serlo, disperso por varios libros con un primer referente en “Loable costumbre en Duggu Van era la de no pensar nunca antes de la acción”.
Aquí hay una idea. El cuento del cual se extrajo la frase anterior se llama ‘El hijo del vampiro’ del libro ‘La otra orilla’, y antes de nombrar ‘Historia de cronopios y de famas’ el lector ya sabe el tema que nos compete.
Al igual que en esa descripción de la manera como el vampiro Duggu Van lleva a cabo sus acciones, donde la palabra ‘loable’ es el punto a descubrir para reconocer a quienes Cortazar llamaría Cronopios (porque escribir esa frase sin loable sería dar un hecho sin asombro y lleno de errores que el personaje y lector sentirían como nefastos en las acciones futuras del relato y no una bella manera de actuar) en el mismo libro encontramos una tarea sobrecogedora y molesta a la vez, la descrita en el cuento ‘Los limpiadores de estrellas’ “El cepillado de las nebulosas permite a éstas ofrecer a los ojos del universo la gracia constante de una línea en perfecta mutación, tal como lo anhelan poetas y pintores”
Con sólo pensar en una compañía dedicada a devolverle la luminosidad a cada estrella del firmamento, el lector dibuja una sonrisa de extrañamiento en su rostro y hace una lectura agradable en la cual la suma de 1 más 1 puede ser incierta.
Pero no hablemos acá de lo fantástico en la literatura de Cortázar, hablemos de un estado del alma y visión de la realidad descubierta entre esas líneas, la cual no se explica, sólo se describe y en muchas ocasiones alguien puede encontrarla en ciertas personas; digamos recoger hojas amarillas de un árbol y llenar los bolsillos con ellas para luego dejarlas en una maceta esperando no sé qué, soñar los sueños y al final de ellos ver los créditos y nombres de personajes con productora y copyright, pensar en un sabor a colada de fresa mientras se pasa por algún lugar, suponer los días por colores y no por nombres o hacer dibujos de líneas para explicar cómo escribe alguien. Situaciones así tan naturales como cuando pronuncian un hola o cruzan la calle, sin forzarlas, sin conceptos prefigurados, menos mal, por el intelecto, la crítica y una serie de libros leídos, personas ya con la poesía en sus manos, poco necesitan buscarla y perseverar en el hallazgo de esos ríos metafísicos donde la Maga nada sin saber que está allí.

lunes, 24 de agosto de 2009

Borges y revolución

Apuntes. Parte uno

“Un número bonito para hacer una nota” diría mi ex jefe de redacción: 110 años. Valores cerrados en múltiplos de cinco, ese es el número bonito, y aquí quien lo representa, Jorge Luis Borges. Un siglo y una década que nos separa de su nacimiento un 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, Argentina. El propósito no es colmar este escrito con referencias y bibliografía Borgeana, sea del mismo escritor o de otros autores, el propósito es revelar el por qué de mi intereses por su obra. Nos equivocamos a veces con la apariencia, entre nosotros fácilmente es posible hacerlo.

Tanto Asturias, como Rulfo, o Carpentier, inclusive Machado de Assis mucho antes que los anteriores, allá en el siglo XiX, encontraron una manera de resaltar la cultura latinoamericana, desde la literatura, en el mundo. Digamos que hubo cierto reclamo para leernos en otras latitudes diferentes a las nuestras, voces encontradas sobre lo que somos. Se dio entonces una nueva mirada a nuestras prácticas que poco o nada tenía que ver con el estilo costumbrista, a pesar de tratar a Latinoamérica, el cómo y el por qué se cuenta cambia, situación que no inició con el llamado Boom Latinoamericano, mejor, con los escritores enmarcados dentro de tal catalogación: Márquez, Cortázar, Donoso, Fuentes, Vargas Llosa, recordando a los populares. Esta visión de universalidad en las formas de narrar, buscó la interpretación, en la mayoría de los casos, de aspectos políticos unidos a la cultura de cada región, de otra manera, la representación de un contexto histórico del centro y sur del continente unida a la mitología y lo cotidiano: lenguaje e imaginación es, como diría Fuentes, características de la literatura, y las jergas, las palabras, y con ella la invocación de magias y situaciones, representan toda una realidad, una transversalización donde nada es falso, como los terratenientes y la magnificación de la muerte en Rulfo, las visiones de un dictador-espejo a lo largo y ancho de la larga América en Asturias, o la música y la arquitectura unida a la cultura en lo real maravilloso en Carpentier. Dirán quienes saben sobre cambios de modernidad a posmodernidad, o de modernismo a vanguardias. Lo cierto es que las costumbres se narraron de otra manera.

Borges también lo hizo, y en esa imagen austera y gris del argentino, tan propagada por nosotros (qué ideas nos lleva a pensar eso, su timidez? sus nada poemas comunistas, antes escribió dos poemarios con perspectiva a Rusia y Lenin en su juventud, ahh no, claro, su forma de expresarse, o sus ideas de la política, triste, las dijo, luego se arrepintió de ello, las contradijo, pero poco importan en un hombre que alguna vez señaló que no le prestaran atención a sus palabras) podemos encontrar algo muy diferente. Se le clasifica como un inglés del siglo XIX perdido en pleno siglo XX, o de falto de compromiso político, puede ser verdad, pero tales concepciones de su obra y vida no son una simple fijación snob. Algo anglosajón debió quedarle de su infancia en una biblioteca inglesa, compartiendo dos idiomas con abuelas de diferente origen, eso no puede juzgarse, como tampoco los casi invisibles rasgos políticos en sus cuentos, ensayos o poemas. Aquello del llamado compromiso social del escritor, encapsulado más que todo, en pleno furor ideológico del siglo XX, por unos tantos que entendieron la revolución cubana, la generación del 68, la llegada de las teorías Marxistas al continente, el hipismo, la conformación de guerrillas y con ellas un utópico mañana de bienestar, como una simple moda irracional, es un límite de la moralidad absoluta para la manifestación del arte. Por no apoyar, Borges era lo más seco y frío de los escritores. ¿Pero cuál es la revolución de la literatura, de los artistas?, ¿acaso es social en el sentido político? Creo que está, primero, en la utilización del lenguaje, y con ello, en el ejercicio del pensamiento y la imaginación desatados de paradigmas, un cliché, claro, pero ahí está latente, y Borges lo hizo, trayendo uno de los mejores libros de lo que muchos llaman la poesía Urbana, el juego con la ciudad, sus esquinas y coincidencias de rostros, tema tan aclamado por autores contemporáneos, interesados en contar historias parciales, sin pretensiones absolutistas, solo contar, además el mayor interés por la crónica como manera de observar la ciudad, con sus andenes, luces, personajes, noches, bares, música, una glocalidad abarcada por muchos estudiantes de periodismo con sus crónicas, o por jóvenes llenos de cuentos o poemas por escribir que ya tuvo buenos resultados anteriormente. Acá, Vidales o Tejada, antes de los cronopios de Cortázar, quien es un antropólogo y descubrió tal origen de los dos escritores colombianos. En Argentina, Roberto Arlt o Borges, el ejemplo es meritorio, sino que lo diga Alfonso Reyes: ‘Fervor de Buenos Aires’. Este libro de poemas de Borges es una caminata por callejuelas y barrios de la capital de Argentina donde el lenguaje está entregado a la nostalgia y la mitología de objetos y situaciones que podrían ser triviales, un asombro sobre el atardecer, las mañanas, las formas de las rejas tocadas por la luz, el amor en alguna esquina o la magnificación de ciertos lugares como sería una carnicería. Juega una visión de la ciudad, desapegada del estlo costumbrista y dándonos cierto ámbito inefable, una inmensa alegría de lo que realmente es leer: descubrir lo oculto detrás de las palabras impresas con tinta negra sobre el papel.

La nota, creo, irá por partes; quiero contar más y no me salió de un tirón. Tan simple como lo leen.

sábado, 8 de marzo de 2008

El olvido sobre Bioy Casares





De Adolfo Bioy Casares tenemos la primera referencia en un cuento de Jorge Luís Borges incluido en su libro "El Jardín de senderos que se bifurcan": Tlôn, Uqbar, Orbis Tertius. Tal acercamiento a un escritor nos hace verlo como una ficción dispuesta en la trama para ejercer verosimilitud en el lector, una generosidad amistosa. Aún más, en entrevistas y biografías sobre Borges y el mismo Bioy Casares, el autor de ‘La invención de Morel’ deja el interior del orbe literario para ser catalogado desde lo externo como el gran amigo del creador del 'Aleph', su confidente y consejero. Lo preocupante es que tras la imagen de Borges, el otro también escritor argentino que cultivó con igual maestría el género fantástico, camina sin gran interés para los lectores contemporáneos.

La obra de Bioy Casares es poco conocida, sólo la cultivada junto a Borges; desde la elaboración del folleto sobre el yogurt de la lechería La Martona, sin dejar la gran "Antología de la Literatura Fantástica", la colección de novelas policíacas "El Séptimo Círculo", hasta el nacimiento del escritor Honorio Bustos Domecq y con él los "Seis Problemas para Don Isidro Parodi" y "Crónicas de H. Bustos Domecq", ha perdurado, a grandes rasgos, en la memoria del lector, más por la participación de Borges que por el divertido experimento de construir en compañía mitigando los estilos en busca del anonimato.

¿Quién entonces habrá leído la novela "La Invención de Morel" a pesar de que circule en librerías en la edición "Cara y Cruz" de Norma y otras tantas que en baratas de libros son mucho más accesibles? He tenido la suerte de hacerme, hace dos años, a los cuatro tomos de los cinco que completan las "Obras Completas" de Bioy Casares por $28.000; libros que en grandes librerías es difícil de encontrar. Aún, en las bibliotecas los ejemplares no son variados y en algunos casos escasean, por lo que es posible pensar que la valoración de la obra del escritor argentino, ganador del Premio Miguel de Cervantes en 1990, es mínima, ya que de ella no conozco otra edición aparte de la publicada en 1998.

Según Juan Lázara, presidente de la Fundación Adolfo Bioy Casares, la poca difusión y valoración de la obra del escritor se debe a una "cuestión de moda ideológica" donde otros autores obtienen mayor interés por sus miramientos políticos y existencialistas; aún, por su estética, estilo narrativo y argumentos, no por ello exentos de validez.

Bioy, como Borges, sostuvo una postura contraria a la de muchos escritores de su tiempo, sea desde el ámbito político o literario. En los dos escritores no había apropiación nacionalista, sino universal, argumentando ideas y expresiones sobre el pensamiento del hombre, sin límites o fronteras en una herencia que nos pertenece, como diría el poeta William Ospina. Además, la valoración de una obra de arte no puede darse desde el perfil del autor, su popularidad en mayor aumento donde se admira anécdotas y manifestaciones públicas en contra o a favor de algún hecho. La vida del escritor es mínima en comparación con la vida de la obra, que es la que debe perdurar, apartando la obstrucción de nombres propios.

La importancia de Borges no debe ponerse en duda. Sea para bien o para mal, su literatura ha ampliado perspectivas estéticas y argumentales e influenciado a escritores tanto en América Latina como en Europa; Humberto Eco es un claro ejemplo. Pero no por ello se deba vincular a Bioy Casares el nombre de Borges cuando se habla de literatura. Claro, su amistad ha sido una especie de diálogo literario, y la influencia de uno sobre el otro, en cuanto a lecturas principalmente, es evidente. Pero Bioy es su obra, diferente de la de Borges. En parte, la poca participación en los cuentos o novelas de Bioy se debe también a su calidad como referente borgesiano.

Las historias de Bioy no son iguales a las de Borges. Sus temas recurrentes, aunque haya un encasillamiento en lo fantástico, son hijos de Bentham y H.G.Wells: una suerte de vigilancia que elimina cualquier tipo de libertad; un panóptico sin muros tangibles como en "Plan de Evasión" combinado con las pesadillas construidas por Wells que llegan a ser posibilidades del hombre en este mundo. Otro, acaso el más importante, es el amor. Un amor anhelado que se encuentra de manera fortuita pero que no puede alcanzarse por el peso de las circunstancias.

Ya son nueve años sin Adolfo Bioy Casares. No puede destinarse al olvido la obra del escritor, como bien lo dijo Juan Lázara: "todos los escritores merecen ser recordados, independientemente de su ideología".

El País - Cali - Marzo 10 de 2008