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viernes, 5 de abril de 2013

Ciegos aprendiendo a escuchar


 

Apuntes sobre ‘Ensayo sobre la ceguera’ de José Saramago

La primera pregunta es necesaria al leer ‘Ensayo sobre la Ceguera’ novela del escritor portugués José Saramago: ¿Por qué esa epidemia de ceguera que abarca a la sociedad es blanca? No es negra, como se supone que ha de ser el dejar de ver. Hay  explicaciones científicas con el primer caso que expone uno de los personajes principales, el médico oftalmólogo, sobre padecimientos similares donde existe una ceguera blanca. Aunque estas deducciones creo que las hace el autor para resaltar lo inaudito del problema existente en el mundo creado en la historia y, por ende, inefable. Al final de la novela una respuesta sencilla, como de conclusión que el lector va hilando en la trama, hace el personaje principal, la mujer del médico, sobre la sociedad y los ciegos; pero no se da cuenta sobre la blancura de leche al no ver.

Luego llega la segunda pregunta ¿Por qué no tienen nombre propio lo personajes de la novela? Un movimiento literario interesante por parte del autor quien con un personaje que aparecerá en la historia se analiza. Es coincidencia, lo digo por el azar que da el encontrar personas en una ciudad, y necesario, por la historia y su registro, que quien razona acerca de ello sea un escritor, quizá importante, de libros en bibliotecas públicas y personales, de premios y un nobel en 1998, de universidades discutiendo su trabajo y librerías y editoriales publicando su obra y quien  inicia una labor de cronista ante el mal que se padece.

Viene ahora la pregunta más evidente ¿Por qué la mujer del médico es la única que puede ver? Y lo explicamos como artificio de Saramago, para incluir una diferencia con la cual se nos podría descubrir lo qué pasa en un mundo de ciegos (¿habría sido interesante contar la historia en primera persona desde alguien que no puede ver?) pero llegan las evidencias sociales y políticas: es importante un guía en un mundo que no puede guiarse, que no sabe qué pasa en realidad en su contexto; conclusiones de cada lector.

Habría sido llamativo que quienes eran ciegos antes de la ceguera blanca tuvieran mayor relevancia dentro de la novela. A parte de uno de los personajes dentro del manicomio que servía para la cuarentena de los infectados, estos ciegos no tuvieron mayor preponderancia en esta ficción. Quizá no era necesario, aunque alguien que lleva este padecimiento desde años ha de reconstruir el mundo de cierta forma que resulta una ventaja ante la nueva sociedad nómada que se estaba creando tras la epidemia.

Pero lo que está para analizar, lo propuesto a análisis, es si en verdad la historia trata sobre la ceguera en el mundo o la falta de escucharnos en el mundo. Siempre ponemos el sentido de la vista y del oído como diferencias, por decirlo de alguna manera: quien no ve, se dice, aguda el oído. Por ello es el lenguaje oral: las descripciones de la ciudad, la lectura del libro, las palabras de amor o de odio lo que se enfatiza, lo que llena de simbología. Cuando leemos ‘Ensayo sobre la Ceguera’ es imposible dejar de pensar desde los ciegos, desde su miedo por no ver y el bienestar al escuchar y encontrar allí la tranquilidad que nos da las palabras, propias o del otro, sobre la soledad. Somos ciegos aprendiendo a escuchar.

jueves, 7 de febrero de 2013

En la gran ciudad

Vuelven las entradas en mi antiguo Blog, espero lo recuerden:

 Apuntes sobre 'La región más transparente’ de Carlos Fuentes

“Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire" Son las palabras finales de la Novela de Carlos Fuentes  que articula  Ixca Cienfuegos y recorre  como viento resignado y orgulloso ( si puede existir esta contradicción) la madrugada de una Ciudad de México en crecimiento, con por lo menos 5 millones de habitantes iniciando la década de los cincuenta cuando terminaba su mandato Miguel Alemán, el entonces presidente del país del muralismo, del surrealismo, Rulfo, el  mezcal, el pulque, el cacao, la serpiente emplumada, el chile, la llorona y José Alfredo Jiménez.

Ahora, en lo que es el Distrito Federal, hay un estimado de 22 millones de habitantes  entre quienes viven dentro de este grandioso caos horizontal, sobre una laguna en el llamado Valle de México custodiado por dos volcanes, y los que circulan por sus avenidas y atiborran el metro provenientes de otros estados para ir a sus trabajos.  Fue Alexander Von Humboldt quien la nombró región más transparente en 1804 cuando pisó sus tierras; luego el ensayista Alfonso Reyes la retomó: ¿Es ésta la región más transparente del aire? ¿Qué habéis hecho, entonces, de mi alto valle metafísico? Al final, para terminar el reconocimiento y el asombro, en ese orden, Fuentes pone en boca de Cienfuegos la resignación.
Han dicho que el personaje principal de la novela es la misa Ciudad: un lugar con cambios urbanístico, culturales, poblacionales y de lenguaje, donde convive el anhelo del sabor eurocentrista:  profesionales de derecho, capital e inversiones, extranjeros desatinados y círculos sociales de revistas y pie de foto, y el tatuaje indeleble de Tenochtitlán: la serpiente, el jaguar y el águila emprendiendo su predominio desde el recuerdo de personajes como Teodula Moctezuma, surgiendo en la memoria de la lucha de la Independencia y la Revolución Mexicana, en sus restos vencidos, en su migración campesina a la gran ciudad, en los que llegan a sus barrios después de años de trabajo en Estados Unidos dentro de plantaciones, en los que recuerdan una llamada “Ciudad de Palacios” cuando el general Porfirio Díaz gobernaba, con su talante del continente del viejo mundo, y se emprendía la lucha de la Revolución a inicios del Siglo XX que, luego, como estampa de la novela, como su malestar de estómago, terminó,  igual a cualquier búsqueda de cambio en los países latinoamericanos, en un descontento.

Allí está entonces lo que pasa en el México posrevolucionario: el cambio de dictadores por empresarios y abogados, de tierras quitadas a la fuerza por predios y normas legales para embarcar. Y es allí también donde se empieza una historia en lo urbano, dejando tranquilo al mundo creado por Rulfo en lo rural, en tiempos donde el tren movilizaba la revolución.
El lenguaje se confunde, se diversifica, se hace rico y viaja entre barriadas hasta casonas elegantes de una aristocracia antigua que cambia a élites sociales donde lo que importa es el poder, no el correr de la sangre generacional. La multitud de voces propone una igualdad en términos de ímpetu, ya el indígena o campesino no tiene su mensaje mitigado, su voz baja, por el supuesto imperante del terrateniente o el noble; ya sus palabras cambian y aunque sabe que hay una fuerza de por medio, el capital, con el cual se dice todo, quiere y levanta la voz para hacerse escuchar, así sea la descripción de sus malestares y tristezas, cantando, llorando, en una pelea trunca,  validando el lenguaje; característica que  enriquece la novela para alejarla del llamado gran civilizador occidental: la Europa de etiquetas mobiliarias.

El lenguaje representa a esta Ciudad de México, se entrega a cada personaje desde su ángulo; es posible pasar de Pimpinela de Ovando, con su ascendencia de honor a la Contessa Aspacúccoli y su desarraigado pretexto de pequeña noble alemana viviendo fuera de sus títulos. Está Federico Robles y Norma Larragoiti, el lenguaje del dinero y el nuevo poder burgués y Gervasio Pola en su inconsistencia del fracaso y el intento de arribismo. También lo mítico y el pasado latente  con Ixca Cienfuegos y Teódula Moctezuma en sus rituales y expiación; las nuevas generaciones de presunción en la moda como Junior o Pedro Caseaux viven junto a los habitantes de las colonias, de los barrios, de trabajos duros como Gladys García (una prostituta con quien inicia y termina la novela)  o Gabriel, el espalda-mojada que regresa a México.
‘La región más transparente’ es un mapa de cada gran capital latinoamericana. Es posible leerla con la seguridad de suponer las acciones en otra urbe, ya sea Bogotá, Lima o Buenos Aires. Hay inquietudes gratas del lector que al conocer la Ciudad de México puede poner en práctica (alegrías íntimas) como es buscar el edificio donde quedaba la Oficina de Federico Robles, o suponer a Ixca Cienfuegos en el Zócalo, pegado a la reja de la Catedral. Pero lo que resulta presente como imaginería mexicana es una constante en ensayistas de este país del águila sobre el nopal: la definición de la Identidad, de lo que es ser mexicano y que tiene una  de las obras más importantes de la literatura latinoamericana como evidencia:  ‘'EL laberinto de la soledad’ de Octavio Paz. Tal inquietud se cruza en los escritos de Gervasio Pola, las charlas de Manuel Zamacona con Cienfuegos, las palabras de mito de Teódula  Moctezuma o las disertaciones de Federico Robles: El pasado, el indígena, la colonización, el presente y ahora el nuevo poder político, la economía, la globalización lo discuten.

‘La región más transparente’ es, además, un dibujo de la derrota en diversas latitudes: la muerte trágica, el olvido de ideales, la bancarrota, el término de la profecía sin tener sentido, el  olvido. Es nuestra persistencia ante este dibujo en una Ciudad que parece viva.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Casa sellada


Apuntes sobre 'La casa grande' de Álvaro Cepeda Samudio.
Decía algún profesor en alguna clase de cualquier día que La Casa Grande tenía más valor literario si se comparaba con Cien Años de Soledad. No puedo hacer tal análisis sobre las virtudes y falacias de cada una de estas novelas colombianas para saber cuál es superior en lo estético (supongo sería el debate) pero si me atrevería a decir que las dos combinarían de manera fenomenal al concentrar en una gran narración del caribe las obsesiones engendradas desde La Cueva del Grupo de Barranquilla.
Por otra parte, La Casa Grande, de Álvaro Cepeda Samudio, es un acercamiento al contexto de la masacre de las bananeras mucho más hermético en relación con el capítulo de Cien Años de Soledad en donde José Arcadio (no recuerdo de cual generación de los Buendía) observar pasar el tren y a los más de 3 mil muertos.
En la historia de Samudio, semejante a la de García Márquez, los hechos se centran en una familia; pero mientras en la primera el intento por conservar la sangre y el poder desprende cierto aislamiento voluntario por parte de sus integrantes, con sus incestos y patriarcado y herencia de liderazgo machista, en Cien Años de Soledad esta institución simbólica no concentra su círculo en sí misma de manera voluntaria; no es una transición de los Buendía de generación en generación racionalizada, es el simple azar y la espontaneidad del deseo.
Tal blindaje en La Casa grande hace que su narración y lectura sea rápida. Sería inútil explayarla en un libro de 400 páginas como es la obra de García Márquez. Más aún cuando el tiempo cronológico interior se limita en los títulos de los capítulos nombrando cada día y pareciera que toda la novela resolviera cada escena en un espacio nocturno.
Proponer situaciones donde quienes dudan y cuestionan son los soldados del gobierno en su viaje por el trópico caribeño hacia la zona bananera, demarca la inestabilidad emocional sobre las opciones en el momento del fusilamiento. A diferencia de las personas del pueblo, a pesar del miedo suponen el fin último, en ellos es posible resaltar el dilema al acercarse el momento de actuar: Los militares parecen niños a ratos que desconocen la realidad situacional y no toman un partido a favor o en contra de manera individual a pesar de seguir órdenes.
Algunos de los capítulos son diálogos directos, como una obra de teatro. Técnica utilizada para centrar la atención no tanto en la masacre y su descripción sino en la reconstrucción oral de esta por parte de los personajes y sus prefijaciones y recuerdos, pues en La Casa Grande hay omisión al no hacer un seguimiento narrativo del asesinato de los jornaleros, sólo se rescatan las acciones que darán el hecho y las habladurías luego de ocurrido.
Acá se crea el punto de enigma de la novela, como una situación mítica recordada por todos y contada de manera fragmentaria. Para la familia: la rigidez, influjo y, supondrían los habitantes del pueblo, traición del padre, la lejanía portentosa del hermano y la fuerza de la hermana por mantener la sangre, la masacre de las bananeras es el designio inviolable de la fatalidad y caída de la casa y el apellido de terratenientes. Así quedarán en la memoria.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Las latitudes del llano de Doña Bárbara


Apuntes sobre 'Doña Bárbara' de Rómulo Gallegos


Doña Bárbara son cuatro ideas. La novela de Rómulo Gallegos quiere reivindicar el tiempo y el espacio del arpa, aquellos versos en praderas del Arauca como brebaje de atardecer en tierra bravía y leal.
Es, también, el control de la razón. A diferencia de una selva devorando a quien se somete a ella en su Vorágine, el indómito llano venezolano acaba por administrarse. Sea la dualidad moral entre bien y mal, la caracterización de sus personajes o el estilo en sí de los diálogos, hay un orden lógico, de organización, en contraste con el lenguaje de antropología llanera inflado por el orgullo heroico en la pluma de Gallegos.
Plantear una serie de charlas en vez de acciones en ciertos momentos del libro, sostiene a la razón en la supremacía. El monólogo interior de cada actor, sus discusiones en forma lineal, una suerte de construcción de ideas determinando un plan. Sin decirlo, el lector reconoce cualquier intención cerebral de la ficción. No sucede esto con la acción inmediata, el ímpetu, salir de los comentarios y forzar la escritura en lo fortuito, lo siguiente pero inesperado al anular concatenaciones entre protagonistas, desechar esa modalidad de libreto donde es fácil encontrar palabras exactas (palabras exactas es diferente a idea o sentimiento interior; y palabras exactas como si fuera un guión técnico) es algo extraño en Doña Bárbara, lo cual otorga control.
Y aquí el monólogo interior, melodramático, evidencia de un formato de telenovela. Suponer al inglés o Balbino Paiba frente a una cámara de video en primer plano cuando están solos hablando sobre sus intenciones dentro de la ficción, es una referencia a frases como “no te saldrás con la tuya”; punto de partida para reconocer el mal venidero, la irrupción violenta de manera predeterminada por la amenaza verbal.
Porque en la novela hay héroes y contraparte. El tema del bien triunfando sobre el mal, Happy end gringo. El mal encarnado en una mujer seductora de pasado triste y poderío inagotable y místico. El bien en un hombre de occidente, heredero de tierras, que retorna a su infancia en el llano para domarla con las leyes de los grandes estrados. Al final el amor bueno y genuino de la doncella que pasa de lo silvestre a la cotidianidad es proporcional al puñado de vaqueros leales por generaciones a un apellido de terrateniente. Enfoques de lo genuino y tradicional sin una intervención de antihéroe: o se es malo o bueno, pero no hay guiño de ojo.
Doña Bárbara ha de leerse pensando en el llano y las costumbres allí desterradas por una fiesta de descripciones como si Gallegos escribiera mientras por su ventana observa un milagro de vaquería y fuerza. Detenerse en las mejores páginas de esta novela son las maniobras en el campo por la mañana y la trova al fuego en la noche. Páginas memorables, la discusión entre el padre e hijo donde el primero termina matando al segundo y lleva a la madre la noticia. El bien y el mal confusos y el autor propone una caracterización cercana al individuo.

viernes, 23 de abril de 2010

Cortázar, antropólogo. Un leve olor y quedar con ganas de otro poco.


Parte I

La lengua es nuestra patria. 23 de abril


Julio Cortázar inició la investigación, dio las primeras descripciones y quizá elaboró cierta metodología para tratar de hacer un acercamiento de corte antropológico. Aunque nada de método científico, ni positivismo y Comte, ni categorías y subcategorías, cuantitavo o cualitativo que valga un interés, aún el más mínimo, explicar. Sería absurdo hacerlo e intentar un manual teórico cuyos descubrimientos alimenten los afanes de antropólogos necesitados de culturas desconocidas.
Y ese absurdo es divertido, no prohíbe, sólo le dice que explicar con psicologías o patrones de conducta las acciones de esas manifestaciones no publicadas en tratados serios es divertido como un juego; aunque mejor observarlos y escuchar sus historias para seguirlos describiendo en las suyas. Algo como un Cortázar Antropólogo sin querer serlo, disperso por varios libros con un primer referente en “Loable costumbre en Duggu Van era la de no pensar nunca antes de la acción”.
Aquí hay una idea. El cuento del cual se extrajo la frase anterior se llama ‘El hijo del vampiro’ del libro ‘La otra orilla’, y antes de nombrar ‘Historia de cronopios y de famas’ el lector ya sabe el tema que nos compete.
Al igual que en esa descripción de la manera como el vampiro Duggu Van lleva a cabo sus acciones, donde la palabra ‘loable’ es el punto a descubrir para reconocer a quienes Cortazar llamaría Cronopios (porque escribir esa frase sin loable sería dar un hecho sin asombro y lleno de errores que el personaje y lector sentirían como nefastos en las acciones futuras del relato y no una bella manera de actuar) en el mismo libro encontramos una tarea sobrecogedora y molesta a la vez, la descrita en el cuento ‘Los limpiadores de estrellas’ “El cepillado de las nebulosas permite a éstas ofrecer a los ojos del universo la gracia constante de una línea en perfecta mutación, tal como lo anhelan poetas y pintores”
Con sólo pensar en una compañía dedicada a devolverle la luminosidad a cada estrella del firmamento, el lector dibuja una sonrisa de extrañamiento en su rostro y hace una lectura agradable en la cual la suma de 1 más 1 puede ser incierta.
Pero no hablemos acá de lo fantástico en la literatura de Cortázar, hablemos de un estado del alma y visión de la realidad descubierta entre esas líneas, la cual no se explica, sólo se describe y en muchas ocasiones alguien puede encontrarla en ciertas personas; digamos recoger hojas amarillas de un árbol y llenar los bolsillos con ellas para luego dejarlas en una maceta esperando no sé qué, soñar los sueños y al final de ellos ver los créditos y nombres de personajes con productora y copyright, pensar en un sabor a colada de fresa mientras se pasa por algún lugar, suponer los días por colores y no por nombres o hacer dibujos de líneas para explicar cómo escribe alguien. Situaciones así tan naturales como cuando pronuncian un hola o cruzan la calle, sin forzarlas, sin conceptos prefigurados, menos mal, por el intelecto, la crítica y una serie de libros leídos, personas ya con la poesía en sus manos, poco necesitan buscarla y perseverar en el hallazgo de esos ríos metafísicos donde la Maga nada sin saber que está allí.

martes, 9 de febrero de 2010

Vuelta de hoja


Sería mejor no poder ir a los pueblos.
Sería mejor no tener que matar a nadie.
Álvaro Cepeda Samudio.
La casa grande


Llegamos a San Juan por la tarde, a eso de las tres cuando el calor es tan pegajoso en esta región. No había nada de malo en descansar después de buscar a los guerrillos cerca a las plantaciones de banano, y entonces muchos de los lanzas nos tiramos en una casona con sombra grande para fumar. El pueblo era como los otros: cuatro calles largas con casas viejas que daban a la iglesia y ahí el parque, solo, era la hora de la siesta y si había más de cinco personas por fuera estoy mintiendo. Cerca de nosotros pasó una hembra en bicicleta, y hombre, hace rato que ni en fotos veíamos una, entonces nos acercamos a ver si soltaba algo, pero dura la vieja esa, se creía mucho y pasamos en limpio. Para mi era el verano lo que nos tenía así de arrechos, porque la pelada no aguantaba, pero eso uno sigue el dicho de que en guerra cualquier hueco es trinchera y nosotros andamos detrás de un grupo de guerrillos, entonces sí se podía hacer la maña a ver qué con la hembra, y nada, como le dije, ni una sonrisa para este soldadito.
Eso sí, cuando cae el sol la gente sale de sus casas. Yo pensé que al vernos se iban a asustar o algo, preguntarían pendejadas y hasta se esconderían al encontrase con nosotros en las caminatas diarias. Eso no pasó, no decían ni preguntaban, como si nosotros fuéramos del pueblo. Mi cabo me dijo riendo que yo era nuevo y no entendía. Ver al ejército, los paracos o la guerrilla por acá era normal, mejor me relajara y aprovechara algo porque para rato sin operativos estaríamos ahí hasta que el capitán mirara cómo solucionar la cosa. Sólo unas peladas se acercaban y hablaban con algunos de los lanzas en posición de guardia en el parque, les tocaban esos rifles con unas ganas, se les arreglaban para hacer conversa ahí, risas, invitaciones a la casa, meneando el cuerpo y viendo sudar a los lanzas, no tanto por ellas, si no por el berraco calor que en las noches era más jodido.
Los días en San Juan eran eso: estar ahí por las calles de vagabundos, sentados en el parque, en la sombra de una casona, tratando de acomodarse al clima para hacerlo menos sufrible, comiendo lo que se podía, sin hablar con nadie, nadie lo hacia con nosotros, sólo las hembras que venían buscando al Lanza Morales, o al lanza García, hasta a mi cabo, quien lo viera tan cagada y serio, estaban fichadas y suerte, esas eran las buenas. Y también las otras tenían su pareja, y nosotros seguíamos hablando de la casa, del barrio, de salir rápido con un permiso para visitar a la familia, de la novia allá esperando, que cuántas ganas de hacerle el amor suavecito y tener un almuerzo de cocacola con arroz chino o el sancocho de la vieja, poderoso, pero poco de guerrilleros, ni de los que perdimos de vista por las zonas bananeras; para qué hablar de eso, en algún momento aparecerían unos y tenga, les caeríamos en emboscada, un buen reporte, mi coronel. No nos preocupábamos mucho por las palabras de mi cabo y lo que les conté a ellos: mi capitan andaba dándole mente al problema. “eso vamos a legalizar a cualquiera” me dijo uno de los lanzas y no entendí nada, claro, como soy el nuevo en el pelotón me dejaban paila, pero fresco, de ahí no pasó la charla.
A los cinco días de estar mamados de hacer nada en San Juan (una cosa es hacer nada en la casa, allá en el barrio, relajado viendo las películas del domingo o jugándose un chico, sin ganas de volver al acuartelamiento, y otra es por acá, aguantándose este sol en un pueblo que se recorre en cinco minutos y pidiendo a ver si caía lluvia o nos daban la orden de marchar porque la modorra era cosa seria) llegó mi capitán y nos reunió a todos en el parque, donde estaban nuestros cambuches, y nos dijo del llamado desde el Batallón de Infantería N. 31, donde debíamos pasar revista como soldados de contraguerrilla (eso a mi capitán le gusta decir todo, muy educadito él) para informarle que andaban preocupados por nuestros pocos resultados en dos meses de patrullaje, si no le apurábamos nos dejaban sin los días libres. ¡No, las güevas! la cosa estaba maluca, uno sin ver a la familia por tanto tiempo, unos a los hijos y la señora, y otros, como yo, a la vieja y a Jazmín allá saliendo del colegio con su minifalda, para recogerla, invitarla a un helado y llevarla por la noche a una que otra rumbita; estábamos desanimados. Tanto aguantándose las noches con mosquitos, las guardias y los azares en medio de plátanos sin poder ver un culo y pilas que salen guerrillos o paracos, bueno con los paracos no hay… digo, uno no aguanta mucho si no se imagina lo que va a hacer en los días libres, una esperanza. Nos pusimos fue a echar madres y alegar por la situación, pero mi capitán dijo que si queríamos, sabíamos de una solución, y de nuevo lo de ‘legalizar’, algo que no entendía muy bien y nadie me explicaba así preguntara, sólo se reían, hasta mi capitán lo hizo cuando le hablé sobre eso. No más me tomó del hombro y me hizo saber de la ‘legalizada’ como la única salida si queríamos irnos la semana próxima para las casas. Entonces de una, contesté, y conmigo todos los lanzas y mi cabo. Así que mi capitán nos dio órdenes, según él estábamos era de buenas, empacar y estar listos para caminar unas dos horas hacia una vereda donde había un grupito apenas. Eso misma noche nos fuimos pensando en una emboscada.
“Recuerden, son guerrilleros, son guerrilleros” nos decía mi capitán al avanzar y ese cuento de legalizar era ya normal porque todos le decían “ajá, guerrilleros”. Entonces me puse a pensar en lo de buenas de haber encontrado a esos tipos, uno nunca sabe, quizás eran los que se nos habían volado y eso le comenté a mi cabo, y claro, me dijo “si, no había de otra” Al rato, como a la hora y cuarenta de caminata, nos separamos en dos grupos y a mi cabo, el líder del que me tocó, el primero en atacar, mi capitán le pasó dos Ak – 47, unos banderines qué sabrá dios y tres granadas de fragmentación confiscadas en la emboscada a los guerrillos volados. Era una noche bonita, estrellada, como para relajarse en el parque de San Juan y mirar hacia arriba, sin hacer nada más. Hace rato no nos había tocado una noche así, eran siempre nublosas y con aguaceros del putas, o sin una estrella y llenas de calor, pero esa, con tantos puntos brillando como pegados en un techo igualito a los stickers fluorescentes de mi hermana en la pared de su cuarto que alumbraban en la oscuridad, un parche, quedarse ahí mirando.
Por andar pensando en maricadas y estrellas, me regaña mi cabo, y por estar dizque mirando al cielo como un pendejo me pone en primera posición para salir y rodear la casa que se veía alumbrar entre la maleza. Habíamos llegado y ni cuenta me di. Por eso me tocaba salir de primeras con mi lanza Pérez, él tenía terciadas las Ak-47 y guardaba los banderines y a mi me pasaron las granadas. La orden no se hizo esperar, “recuerden, son guerrillos, hay que legalizarlos” dijo mi cabo apenas íbamos a salir de la maleza para buscar una entrada a la casa, donde parecía haber como una fiesta porque se oía un bullicio, y a mujeres bailando. Yo le dije eso a mi lanza Pérez, lo de las mujeres, apenas cruzamos una platanera, un corral de gallinas y nos recostamos en la pared de la casa debajo de la ventana, pistieando una que otra vez el movimiento en el interior. Pero nada, me dijo mi lanza, en la guerrilla también hay hembras, y muy cagadas, guevón. Está bien, está bien, le hice caso y me movía cuando él se movía, yo nunca había estado en una misión de legalizar, aunque me daba cagada con las hembras, hasta ahora no había encontrado guerrillas, y pegarle a una mujer… , mejor no pensaba en eso, en el ejército órdenes son órdenes y la otra vez en un pueblo, no San Juan, otro, uno con televisor, escuché al presidente decir que eran terroristas. Pero entonces pensé que unos pasaban de largo como campesinos, no tenían pinta de nada, sólo de campesinos, los de la casa eran así, quién iba pensarlo, si yo estuviera solo y los viera ni me daba cuenta, lo que es la inteligencia militar hombre, vea, muy vivos los hijueputas, en verdad, ahí comprendí que a uno le falta es experiencia.

viernes, 16 de octubre de 2009

Una pintura triste


Apuntes sobre ‘El túnel’ de Ernesto Sábato

Desesperanza, palabra repetida a lo largo de la novela El Túnel del argentino Ernesto Sábato, como término y principio de un lado oscuro, resignado a la imposible salida; y primero es el término, contar el hecho del asesinato de María Irirbane es afirmarla como hipótesis para los capítulos siguientes de El Túnel, una serie de lugares y rostros que llevan a la desesperanza, el desarrollo de situaciones vacías para el protagonista, Juan Pablo Castel, pintor prepotente y ególatra que gusta estar al margen de cualquier círculo social (hasta una teoría del por qué de ello tiene el artista) y de sus reflexiones reiteradas con la idea de lograr conclusiones lógicas a base de concatenaciones de la razón de sus acciones o diálogos (deja clara su prepotencia, que él mismo la comprende no en resaltado con negrilla para mirarse el ombligo, sino como una forma de objetividad) llevan a un estado de caos y esquizofrenia, entrando en las configuraciones más volubles de los humanos, desespero, ira y arrepentimiento instantáneos, casi en el mismo tiempo. Por ello la confabulación que Juan Pablo Castel se imagina en su cabeza sobre María, lo destroza por completo.


La pintura admirada por María en una exhibición de la obra artística de Castel, siendo la única persona en notar un rasgo particular: la mujer en la playa, desata el interés del pintor por ella; y es la búsqueda a lo largo del libro, los encuentros, los amoríos, el túnel estrecho en Buenos Áires, lo que quiere descubrir en sí el significado de la pintura. Pero como la historia inicia con una declaración de asesinato de Castel, la desesperanza podría ser el nombre, más que el túnel, un nombre para Juan Pablo Castel, el título de la pintura.


Narrar la novela en primera persona demuestra aún más la prepotencia del artista. Imposible lograr la objetividad deseada por ese medio. Castel, más que Sábato, sabía que la primera persona era atrayente, y al iniciar con su declaración de asesinato le impondría ya un interés para el lector. Escribir una noticia escueta declarando su crimen y móviles era factible, pero Castel eligió la literatura.


Al final una pregunta ¿Esa desesperanza no podría ser la espera de un acto que sacara a Castel de su túnel: su vida antes de asesinar a María? En la cárcel se le escucha más tranquilo.

lunes, 24 de agosto de 2009

Borges y revolución

Apuntes. Parte uno

“Un número bonito para hacer una nota” diría mi ex jefe de redacción: 110 años. Valores cerrados en múltiplos de cinco, ese es el número bonito, y aquí quien lo representa, Jorge Luis Borges. Un siglo y una década que nos separa de su nacimiento un 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, Argentina. El propósito no es colmar este escrito con referencias y bibliografía Borgeana, sea del mismo escritor o de otros autores, el propósito es revelar el por qué de mi intereses por su obra. Nos equivocamos a veces con la apariencia, entre nosotros fácilmente es posible hacerlo.

Tanto Asturias, como Rulfo, o Carpentier, inclusive Machado de Assis mucho antes que los anteriores, allá en el siglo XiX, encontraron una manera de resaltar la cultura latinoamericana, desde la literatura, en el mundo. Digamos que hubo cierto reclamo para leernos en otras latitudes diferentes a las nuestras, voces encontradas sobre lo que somos. Se dio entonces una nueva mirada a nuestras prácticas que poco o nada tenía que ver con el estilo costumbrista, a pesar de tratar a Latinoamérica, el cómo y el por qué se cuenta cambia, situación que no inició con el llamado Boom Latinoamericano, mejor, con los escritores enmarcados dentro de tal catalogación: Márquez, Cortázar, Donoso, Fuentes, Vargas Llosa, recordando a los populares. Esta visión de universalidad en las formas de narrar, buscó la interpretación, en la mayoría de los casos, de aspectos políticos unidos a la cultura de cada región, de otra manera, la representación de un contexto histórico del centro y sur del continente unida a la mitología y lo cotidiano: lenguaje e imaginación es, como diría Fuentes, características de la literatura, y las jergas, las palabras, y con ella la invocación de magias y situaciones, representan toda una realidad, una transversalización donde nada es falso, como los terratenientes y la magnificación de la muerte en Rulfo, las visiones de un dictador-espejo a lo largo y ancho de la larga América en Asturias, o la música y la arquitectura unida a la cultura en lo real maravilloso en Carpentier. Dirán quienes saben sobre cambios de modernidad a posmodernidad, o de modernismo a vanguardias. Lo cierto es que las costumbres se narraron de otra manera.

Borges también lo hizo, y en esa imagen austera y gris del argentino, tan propagada por nosotros (qué ideas nos lleva a pensar eso, su timidez? sus nada poemas comunistas, antes escribió dos poemarios con perspectiva a Rusia y Lenin en su juventud, ahh no, claro, su forma de expresarse, o sus ideas de la política, triste, las dijo, luego se arrepintió de ello, las contradijo, pero poco importan en un hombre que alguna vez señaló que no le prestaran atención a sus palabras) podemos encontrar algo muy diferente. Se le clasifica como un inglés del siglo XIX perdido en pleno siglo XX, o de falto de compromiso político, puede ser verdad, pero tales concepciones de su obra y vida no son una simple fijación snob. Algo anglosajón debió quedarle de su infancia en una biblioteca inglesa, compartiendo dos idiomas con abuelas de diferente origen, eso no puede juzgarse, como tampoco los casi invisibles rasgos políticos en sus cuentos, ensayos o poemas. Aquello del llamado compromiso social del escritor, encapsulado más que todo, en pleno furor ideológico del siglo XX, por unos tantos que entendieron la revolución cubana, la generación del 68, la llegada de las teorías Marxistas al continente, el hipismo, la conformación de guerrillas y con ellas un utópico mañana de bienestar, como una simple moda irracional, es un límite de la moralidad absoluta para la manifestación del arte. Por no apoyar, Borges era lo más seco y frío de los escritores. ¿Pero cuál es la revolución de la literatura, de los artistas?, ¿acaso es social en el sentido político? Creo que está, primero, en la utilización del lenguaje, y con ello, en el ejercicio del pensamiento y la imaginación desatados de paradigmas, un cliché, claro, pero ahí está latente, y Borges lo hizo, trayendo uno de los mejores libros de lo que muchos llaman la poesía Urbana, el juego con la ciudad, sus esquinas y coincidencias de rostros, tema tan aclamado por autores contemporáneos, interesados en contar historias parciales, sin pretensiones absolutistas, solo contar, además el mayor interés por la crónica como manera de observar la ciudad, con sus andenes, luces, personajes, noches, bares, música, una glocalidad abarcada por muchos estudiantes de periodismo con sus crónicas, o por jóvenes llenos de cuentos o poemas por escribir que ya tuvo buenos resultados anteriormente. Acá, Vidales o Tejada, antes de los cronopios de Cortázar, quien es un antropólogo y descubrió tal origen de los dos escritores colombianos. En Argentina, Roberto Arlt o Borges, el ejemplo es meritorio, sino que lo diga Alfonso Reyes: ‘Fervor de Buenos Aires’. Este libro de poemas de Borges es una caminata por callejuelas y barrios de la capital de Argentina donde el lenguaje está entregado a la nostalgia y la mitología de objetos y situaciones que podrían ser triviales, un asombro sobre el atardecer, las mañanas, las formas de las rejas tocadas por la luz, el amor en alguna esquina o la magnificación de ciertos lugares como sería una carnicería. Juega una visión de la ciudad, desapegada del estlo costumbrista y dándonos cierto ámbito inefable, una inmensa alegría de lo que realmente es leer: descubrir lo oculto detrás de las palabras impresas con tinta negra sobre el papel.

La nota, creo, irá por partes; quiero contar más y no me salió de un tirón. Tan simple como lo leen.

domingo, 12 de julio de 2009

Te buscan en La Habana


Apuntes sobre 'El acoso' de Alejo Carpentier

¿Quién sería Josef K si conociera la causa de la acusación? ¿Qué suerte de cambio tendría al tener presente el hecho por el cual es procesado? ‘El acoso’ (acaso un título kafkiano) del novelista cubano Alejo Carpentier, tiene el sabor de un K sorprendido por el infortunio, conocedor de sus causas y de su caos voluntario para no ser atrapado.

En sí hay un padecimiento similar entre K y el acosado. Más que los cambios, mutaciones, retrospectivas, reflexiones, el doblar en la esquina de sus vidas a lo largo de las historias, es la sensación de aprisionamiento absurdo y degenerativo a cada vuelta de hoja. Imaginemos un terrible desapego propio para buscar el temor de manera contradictoria a lo que en realidad se quiere, salvar la existencia, evadiendo el reconocimiento de los hechos que llevaron a ese Estado-prisión.

‘El acoso’ tiene una construcción de movimiento desde la urbanística. Carpentier la revalora para evidenciar una poética densa, demasiado, en paredes, calles, teatros, habitaciones. Lo llamado ‘real maravilloso’ se fija en las construcciones de una Habana de los cuarenta donde un joven, prospecto de arquitecto, se ve relacionado con ciertos grupos insurgentes, y luego de un acto violento en el cual participó, desaparece para no ser encontrado por los asesinos que buscan erradicarlo.

Los personajes parecen lidiar en escenas nocturnas, soporíferas y desoladas por el mismo estilo narrativo. Igual que la manifestación de la muerte, quizá la protagonista principal, la cual se realza en los pensamientos del taquillero del teatro cuando imagina morir a la anciana, o en la prostituta y sus desvaríos porque vendrán por ella, o en el acosado que mientras está escondido, es testigo de la paulatina muerte de la vieja. Queda, para él, un apego a la religión, no tanto como salvación, sino como forma de escapatoria de su realidad.

El enlace, y la causa de las fechas finales, además de ser el dispositivo para los personajes, es un billete que parece falso. Este objeto, símbolo del capital, liga los cambios de tiempo, cuidados con tal esmero que llegan a pasar desapercibidos por el lector, quien en las últimas páginas de la novela reconocerá el orden de la historia y, lastimosamente, podrá armarla en su respectiva cronología. Los juegos con el tiempo, recuerdo y porvenir, se recrean desde la entrada del acosado al teatro, donde parece que el relato de la novela transcurre mientras se presenta la Sinfonía Nº 3, 'Sinfonía Heroica' de Ludwig Van Beethoven, por lo que el estilo de la escritura, ligado a la música (tema reiterativo en Carpentier) resulta difícil, pesado, incómodo, de asimilar por el lector prímiparo, dificultad semejante a la experiencia de leer 'las Olas' de Virginia Woolf en un primer intento.

La novela de Carpentier es densa, ruidosa, pluralidad de voces, desintegradora, arquitectura, noche, poética de paredes y vidas en deterioro.

viernes, 23 de enero de 2009

La mirada y los pasos


Apuntes sobre 'Vivir para contarla'
de Gabriel García Márquez.


Las memorias de Gabriel García Márquez, ‘Vivir para contarla’, tienen ese inicio revelador de un momento único en la vida del personaje; efecto metafísico de acción y reacción utilizado en las novelas del escritor mexicolombiano, del periodista colombiano y del algunas veces joven poeta piedracielista.

Dos ejemplos claros, quizá los más conocidos: las primeras palabras de ‘Cien años de Soledad’: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”; y la de ‘Crónica de una muerte anunciada’: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros”.

La narración parte desde un punto intermedio de la vida del personaje, desde un punto intermedio de las memorias. No es la culminación total, como pareciera, de Aureliano o Santiago, sino una especie de visión en la cual se revela, sin buscar premonición conciente, de manera involuntaria, como un susto o una alegría, el destino.

En ‘Vivir para contarla’ sucede algo semejante. La madre del personaje, la madre de Gabriel García Márquez, va a buscarlo en Barranquilla con la intención de ser ayudada por él en la venta de la casa de los abuelos en Aracataca. Luego viene la retrospección para dibujar los días de infancia y en la mitad de las memorias volver a la visita de la madre.

Escoger ese momento como inicio da a conocer el episodio que origina la creación de la ópera prima de García Márquez, La hojarasca, y que sería además el génesis del mundo macondiano.

En el libro no se pierde el cruce de personajes que caracteriza la obra del escritor, personajes que saltan de una novela a un cuento, asoman un poco la cabeza o dicen alguna palabra en una historia mientras caminan hacia la suya. Además, con algunos de los episodios narrados, pareciera que ‘Vivir para contarla’ fuera otra ficción; la línea tan frágil entre realidad y lo fantástico, quizá no exista.

Inquieta la carga histórica. Los diversos sucesos de una Colombia entre los inicios del siglo veinte y principios de la década del sesenta; como es la vivencia de García Márquez en ese nueve de abril de 1948 estando él en Bogotá, o las descripciones de sus viajes en barco, en sus días de estudiante, entre el interior del país y la costa atlántica, dejando en sus palabras algunas costumbres y lenguajes de la cultura colombiana de región a región.

Están sus ilusiones, sus parrandas, sus amores secretos, su grupo de Barranquilla, sus tristezas, su pobreza, riesgos de la vida que se perfilan desde la literatura y su formación en ella, con los cuentos orales, los vallenatos, y la lectura de los escritores estadounidenses como Faulkner, Steinbeck, Dos Passos, Hemingway, queriendo develar los secretos de mago de estos gringos tan suyos y contar sus historias, como ésta, en la cual son reconocibles algunas palabras que ya hacen parte de su obra, tan íntimas y descifrables de un escrito de García Márquez. Además la facilidad para los saltos de tiempo, donde se mezclan anécdotas sobre el futuro que están después del punto final de las memorias, o regresos a la infancia para retomar algún recuerdo meritorio para articular lo narrado.

Pero parece que en cierto momento de las memorias el relato quisiera terminar rápido. Es después de la infancia, de los días en la Universidad Nacional, del volver a vivir con los padres en Cartagena luego de su paso por Barranquilla, que ‘Vivir para contarla’ adquiere cierta rapidez en la escritura donde se va alejando un poco de aquellas imágenes anteriormente construidas con mayor cuidado. Preocupado por hallar el final a la vuelta de la esquina.

El periodismo es, quizá, lo emocionante. Me atrevería a decir que las memorias terminan en el momento acertado, donde ya se ha esbozado el paso de García Márquez por el periodismo y sus preocupaciones literarias. Este es otro personaje, y resulta animoso leer sobre sus días en El Espectador, muy cerca de Guillermo Cano y Gonzalo Gonzáles, el olor a sala de redacción, recreando los capítulos de ‘Relato de un Naufrago’ para el periódico y, también, claro, sus columnas de la ‘Jirafa’ y la efímera pero preciada existencia de la revista ‘Crónica’ entre las idas y venidas del grupo de Barranquilla.

Allí, quien lea, podrá encontrar estímulo para contar historias desde el periodismo, como una gran sonrisa, como una invitación.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Los poetas malditos

Los poetas malditos son invisibles, no se exilian del día y de la noche, recorren las calles a cualquier hora y compran el desayuno por la mañana. Los poetas malditos son solitarios cuando escriben, develan su faceta esquizofrénica al hacerlo, saben que la inspiración no es como la venden, y si leen con velas no es para sentirse malditos, sino que cortaron la energía. Los poetas malditos van a la biblioteca como al putiadero; son religiosos o ateos pero nunca pierden su fe y llevan bufanda sólo cuando tienen gripa. Los poetas malditos son tímidos, no hablan de su vida porque es igual a la de otros y cuando callan no tienen nada qué decir o mucho qué decir. Los poetas malditos saben que escribir es inútil, pero escribir es un vicio degenerativo y no un placer. Ellos si piensan en suicidarse, aunque lo harían si la frase de Rilke se cumpliera, de otra forma no, pues deben escribir el por qué no lo harían. Los poetas malditos van a bares y a cafés y hablan allí de poesía, de mujeres y hombres, de cuentas atrasadas, de los precios tan elevados del licor; no tienen orden en sus diálogos y no siempre salen borrachos o fuman cigarrillo. Los poetas malditos van a cafeterías y restaurantes de almuerzo ejecutivo a corregir sus manuscritos, montan en bus como en BMW y aunque lo nieguen quieren bailar reggaeton con una morena irreal de labios carnosos como la de los videos musicales. Los poetas malditos quisieran conocer Latinoamérica, Europa y el sur de los Estados Unidos, pero lo harían para reconocer que en cualquier lugar está su pueblo y por eso no les importa morir en uno o en el otro. Los poetas malditos tienen malos empleos, la madre los mantiene o son gerentes de bancos. Los poetas malditos saben que nadie es indolente ante la música; puede que no sepan bailar, pero no desconocen que como el agua los sonidos son vitales. Los poetas malditos son secos o tiernos, aman al amor y hablan mejor escribiendo. Los poetas malditos están malditos porque ellos mismos lo pactaron, desde que crearon su primer poema ya no tienen salida.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Lanzamiento, revista La Urbana


Fecha: 5 de Diciembre del 2008

Lugar:Auditorio Comfamiliar, Pereira - Cra. 5ta entre calles 21-22

Hora 7:00 P.M.

Quién no ha soñado con su revista, su editorial, su periódico. Aquí está el mio y de mis amigos.


lunes, 22 de septiembre de 2008

El Tatuaje de Edgar Allan Poe







Apuntes sobre 'El Eskimal y la Mariposa'
de Nahum Mont.






Un detective de asesinos, un policía reclutador de sicarios, un médico forense que cuida moribundos, un luchador enmascarado que conoce cada historia de cada esquina de la ciudad, un matón joven traído de Medellín a Bogotá, un jefe de redacción de un periódico amarillista, una pitonisa que intenta y manda a matar a su marido, un vendedor de armas de un mercado, un estratega impúdico y frío, un escritor de crónicas rojas y el asesinato de Bernardo Jaramillo Ossa, Rodrigo Lara Bonilla, Luis Carlos Galán y Carlos Pizarro en 1990, son los rostros de una ciudad invisible en la cual la costumbre de la muerte es un imperante general.

Eso es ‘El Eskimal y la Mariposa’ de Nahum Mont; el mundo cansado pero resignado a las relaciones con los días siempre grises y lluviosos donde se desplazan historias y voces de lo que nadie está permitido sorprender y mucho menos recordar. Es ‘ciudad-libro’ que no se lee por miedo al desorden e incertidumbre que los símbolos de los recuerdos dan sobre la ciudad, lugares sólo recordados como calles y direcciones sin el olor y las huellas de tantos que han vivido o viven.

El Pequeño Larús es quien mejor comprende la ciudad. Él la lee, son palabras de acontecimientos y así se ubica. Aquí, quizá, está la esencia de la novela. El aspecto histórico y político es una astucia para proponer un interés místico en el lector y además ser una linda figura de enlace del escritor para otras historias, al igual que García Márquez y Macondo, o Faulkner y el condado de Yoknapatawpha, Lo interesante es el bajo mundo: los planes de asesinato, el olor a Sin City, el sabor a novela negra, la frialdad de los personajes, sus retrospecciones sobre Bogotá, sus delirios. Idiosincrasia de la vida colombiana acostumbrada y fascinada por la muerte y que se representa en sus diferentes vindicadores, quienes apuntan con la voz, la pluma, el arma y el silencio; sólo habitando en ella luego de corrompersen.

Las descripciones de los lugares nos prefiguran a los personajes, pero éstos resultan aún más fantásticos y degradados. Los espacios están antes de la entrada de los actores y el eje de acción, haciendo un recorrido prologuista.

Aún más particular es el estilo narrativo en cuanto a la relevancia del personaje principal, Coyote. Inicia como un narrador en tercera persona, donde Coyote es dado a conocer por sus acciones e intervenciones amplias, pero luego, en el segundo capítulo, se narra en segunda persona que a diferencia de lo omnisciente no formula ni parece capaz de analizar lo que Coyote piensa, describe y decide, sólo conoce sus acciones y las sigue al pie de la letra como una sombra, en lo que el lector descubre que el personaje es una simple ficha de ajedrez.
Hay un sabor a Kafka. Mandos desconocidos pero que aún así se obedecen. Aunque a diferencia del señor K, Coyote no interroga sobre ellos.

‘El Eskimal y la Mariposa’ es aliento de vida que nunca pudo ser.

lunes, 4 de agosto de 2008

Desde el café Las Heras




Apuntes sobre el ‘Diario de la guerra del cerdo’ de Adolfo Bioy Casares.


Nueve días dura la historia. La guerra del cerdo inicia dos o tres días atrás de haber comenzado el diario. Tal vez lo efímero del violento abuso de la juventud contra la vejez retrata de mejor manera los cambios y la emoción casi radical (impetuosa) de aquellos jóvenes de Buenos Aires.

Dejando a un lado el tópico de sus primeras tres novelas (en el cual ha sido enmarcado Adolfo Bioy Casares) distinguidas por un parecer de pesadilla y demasiado raciocinio en las acciones de los personajes, lo que es en ciertos momentos desesperante, en el ‘Diario de la guerra del cerdo’ lo fantástico no decae, aunque no requiera de esa magia utilizada en ‘El sueño de los héroes’, algo de oráculo que bien podría ser un cuento y no una novela; o la que divierte en la ‘Invención de Morel’ o ‘Plan de evasión’ que establece el asombro en los adelantos tecnológicos y científicos, como los nuevos juegos de los magos.

Hay algo de fantástico en la estructura narrativa, la manera como se cuenta la historia. Es un diario, no hay señales de quién es el personaje que lo escribe, pareciera que aquel escribano fuera otro de los actores, una especie de provocador de la trama, quien entra a investigar cualitativamente y hace apuntes sobre los cambios en las variables expuestas en la sociedad.

El ‘Diario de la guerra del cerdo’, cabe decirlo, es una novela paradójica. Por una parte hay temor por el espejo que son los viejos (llamados cerdos) para los jóvenes, temor a un futuro que no quieren ser. Como tampoco quieren dejar tranquilo el pasado y recordarlo, lo necesario para un cambio es eliminarlo por completo. Eliminándolo se puede construir otro sin restricciones, y para ello deben de corregir a la historia, por eso la representación más viva del ayer son los viejos, los que son ahora inútiles, su posible futuro.

Si no existe para ellos ni el pasado ni el futuro, los jóvenes quedan en un presente continuo, con los anhelos, los logros, los miedos que se superarán y los viajes a realizar protegidos en una idea o un pensamiento alentador que nunca llegará a palparse. Mejor vivir un presente que no termina, que ver despedazados o inútiles las grandes visiones.

Los viejos, habitantes de los recuerdos, de las calles antiguas con sus próceres, parques y direcciones desconocidas, anhelan su juventud para no gastarse en arrepentimientos y cometer errores que no deben de importar, por lo que se hacen más precavidos, más lentos, más cautelosos. En la vejez lo esencial es la torpeza y los padecimientos.

Pero es el amor (personaje incondicional en Bioy) quien lo salva todo. Sólo desde el amor el personaje principal, Isodoro Vidal, de unos cincuenta y tantos años, no recuerdo cuántos, replantea lo qué significa ser él y su carga completa de la vida en la serie de muertes de ancianos que inician en la ciudad. El amor es la fracción de felicidad en las desdichadas presencias de los protagonistas de Bioy Casares.

Divertida la mención del fútbol. Interesante libro por el desarrollo del tema: un grupo de jóvenes que asesinaba ancianos.

martes, 15 de julio de 2008

De zapatillas y señales

Vive en las calles. Un tercio de su hígado pereció de tantos viajes nocturnos al bar que nunca cierra. Mantiene la costumbre insana con el tiempo de querer llegar antes que él. Prefiere más el punto que a la coma. Le encanta ser inoportuno y descubrir que no lo quieren, ha hecho bien su oficio. Piensa que cualquier caso tiene una pregunta necesaria y una respuesta lógica. El ocio y el trabajo le parecen iguales. Es adicto a la incredulidad. Refutar a la Real Academia de la Lengua le es una herejía. Conoce de memoria todos los posibles conectores gramaticales. Sabe que existe un Manual pero nunca lo ha leído. Siente la realidad como una carga de anfetaminas. Duerme como Argos. Olfatea lo secreto. Detesta los horarios básicos. Reconoce la posibilidad del no lucro. Recuerda a sus antepasados como seres románticos y perdidos entre el humo del cigarrillo, la máquina de escribir, el mal humor por el cierre dentro de media hora y un divorcio encima. Maldice la parsimonia. Le gusta correr aunque no hace ejercicio. Mira a los ojos aun sintiendo confianza. Viste con defectos de pulcritud. Muere queriendo nunca pensionarse. Aprovecha su oficio para cualquier labor burocrática personal. Le gusta coleccionar nombres y teléfonos. Le daría pavor vivir en paz. Quiere tumbar a un presidente. No tiene problemas de dinero porque sabe que no tendrá siempre el suficiente. Ser amenazado o exiliado es su mayor condecoración. Vomita cada fin de semana. Es impulsivo. Impaciente. Inflamable. Deshonesto consigo mismo pero no con el mundo. Maniático de párrafos con cinco renglones y perteneciente a un gremio de voces que apagan por su cortante claridad.

lunes, 23 de junio de 2008

El inicio de la creación

En el ensayo ‘El sueño de Coleridge’, Jorge Luis Borges reconstruye una anécdota que bien podría pasar advertida como el prodigio de un gran demiurgo: al poeta inglés Samuel Taylor Coleridge le fue deparado cada una de las palabras de su poema lírico Kubla Khan en un sueño de 1797 luego de quedar dormido y terminar una lectura sobre la edificación de un palacio por el emperador mogol del siglo XIII Kublai Khan (algunos dicen que fue inducido por el opio). Ese palacio, según cuenta Borges, había sido soñado por el monarca en forma de planos arquitectónicos y quedó guardado en su memoria.

Coleridge no conocía el origen onírico del palacio. Borges anota que algunos podrían argüir que el poeta no ignoraba la historia de Kublai Khan y para dar mayor elegancia a su poema, inventó la anécdota. Si fue así, Coleridge sabía que la historia en su devenir cargaría de una gran mística su intención.


Esta, tal vez, es la explicación más racional. Borges, en su ensayo, prefiere otras menos reales y harto sobrenaturales, llenas de magia y asombro. Quizá son las adecuadas para que el lector no sienta cierta frivolidad en el escrito al leerlo de nuevo conociendo ya la anécdota.

Otro caso es el de Julio Cortazar. En una entrevista otorgada a Soler Serrano en 1977, aquel español pretencioso que no oculta sus amplios conocimientos, Cortazar recuerda la aparición de uno de sus personajes más recordados por el lector, su evocación pareciera un ejemplo de creación inocente, típica de la niñez: "Yo estaba en París en 1952 creo, y fui a un concierto en el teatro de chanc ericé; había un gran homenaje a Igor Stravinsky, uno de los músicos que me ha marcado a lo largo de mi vida. Yo estaba muy conmovido viendo por primera vez a Stravinsky quien dirigía la orquesta. Vino el entreacto y todo mundo salió a tomar café, y yo estaba solo, y no tuve ganas de salir y me quedé solo en una de las localidades más baratas en ese inmenso teatro, entonces, de golpe, tuve un poco la sensación de que había en el aire personajes indefinibles, como una especie de globos que yo los veía de color verde, muy cómicos, muy divertidos y muy amigos que andaban por ahí, circulaban y su nombre era cronopios, se llamaban cronopios, venían así".

La anécdota de Cortazar realza lo que muchos han llamado inspiración. Digamos que es el estado en el cual, para bien del artista, el mundo confabula consigo mismo y se cree ver ya todo con claridad. Aparece, por un instante, el nombre real de dios y con él nace una voz interior, casi imposible de contener, que dice "aquí está lo que buscaba". Tal vez García Márquez tuvo tal sobresalto cuando inició la escritura de ‘Cien Años de Soledad’. Carlos Fuentes así lo recuerda: "Gabriel debía viajar dos veces al año para renovar su permiso de residencia —Kafka puro, les digo— y como tanto él como yo pasábamos por una temporada de aguda aerofobia —determinada, en mi caso, por la trágica muerte de Gaitán Durán en la Martinica—, íbamos por carretera a Acapulco, donde Gabo tomaba un vapor inglés de la P. and O. (homenaje sin duda a su admirado Somerset Maugham) y viajaba a Panamá, obtenía la visa y regresaba a México. Recuerdo estos viajes porque en uno de ellos Gabriel García Márquez se transformó. Lo miré y me asusté. ¿Qué había ocurrido? ¿Nos habíamos estrellado contra un implacable autobús de la línea México-Chilpancingo-Acapulco? ¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo? ¿Era culpa de los tacos de cachete y nenepil que comimos en una fonda de Tres Marías? Nada de esto: sin saberlo, yo había asistido al nacimiento de Cien años de soledad —ese instante de gracia, de iluminación, de acceso espiritual, en que todas las cosas del mundo se ordenan espiritual e intelectualmente y nos ordenan: «Aquí estoy. Así soy. Ahora escríbeme»".

Pero no sólo en el arte existe ese instante de comunión con el universo en el que cada partícula aparece de una forma clara y palpable, por decirlo de algún modo. La ciencia, a diferencia de lo que piensa el joven vehemente, y a pesar de la crítica frágil a su rigor sistémico y reservas del ímpetu emocional, donde el científico es visto como un tipo adusto, autero, frío y calculador, existe por la misma sensación que mueve al artista y que al igual que él busca conprender y comprenderse. La entrega no difiere, la soledad es un pacto con el diablo, la pasión es vivir por la obra, y aunque los lenguajes que utilizan sean diferentes, hay una forma de ver al mundo que implanta cierta irrealidad necesaria para no aceptar lo cotidiano, en su concepción más triste, y que los llena de asombro.

Una figura que lo demuestra es el químico alemán August Kekulé, quien descubrió la estructura de un componente del gas alumbrado, el benceno, en un sueño.

En una noche londinense de 1862 (imaginémosla con tienieblas y la sombra de Serlock Holmes en una pared de ladrillos, digno del siglo XIX) Kekulé, impacientado por la falta de claridad en su trabajo, decide dormir tras los intentos para dar con la respuesta de aquella arquitectura. De repente sueña con serpientes que se muerden la cola entre si y forman una especie de anillo. Esa imagen que le fue otorgada, se creería que por algún alquimista que sigue la búsqueda de la piedra filosofal pero que reconoce que no hay sitio para él y sus explicaciones mágicas en este mundo moderno, le propone al científico el diseño de la estructura anular del benceno, la conocida figurita que cualquier estudiante de bachillerato de 11 ha visto en un libro de química orgánica.

Alguna vez Kekulé reveló la causa onírica de su descubrimiento y dijo: "Aprendamos a soñar, caballeros, y así quizás conozcamos la verdad. Pero librémonos de publicar estos sueños antes de que hayan sido examinados por nuestra inteligencia despierta. Dejemos colgar la fruta hasta que esté madura. La fruta verde no es provechosa para quien la cultiva y hace daño a quien la toma".

La inspiración es una especie de trance con la poesía, en la que nos otorga por un momento, que llega a ser incalculable en tiempo y espacio, sus ojos (es hermoso que La Maga pareciera siempre estar en ese estado metafísico). Aunque hay un mensaje implícito en el regalo, y es que no existe un autor auténtico, quien ni siquiera importa, sólo lo perdurable es la obra.


Pero aún así, llegar a presenciar la claridad no es dado de manera instantánea, como se supondría por una involuntaria creencia a que el arte es un don por completo. Tal vez sea intrigante y asombroso, pero Kekulé trabajó toda su vida en la construcción de enlaces de carbono, García Márquez inició los primeros relatos de ‘Cien años de Soledad’ a los 17 años mientras escribía en Barranquilla y trataba de contar la historia de su pueblo en forma de vallenato, Cortazar buscaba el lenguaje de la poesía, que debe de ser sencillo, no por ello sin interés, en sus escritos y juegos literarios como las jintanjáforas y el cementerio de palabras y Rayuela, Coleridge había leído de manera continua sobre el emperador y su edificación, y Borges, quien revisaba de manera minuciosa cada palabra en su prosa, soñó un escrito que según él le fue dado por Kafka en el sueño y que solamente se dedicó a transcribirlo con la ayuda de María Kodama, sin cambiar siquiera una tilde por no ser de él. Tal vez sea un "estamos a mano" de Kafka, pues Borges fue uno de los primeros traductores de ‘La metamorfosis’ al español. El relato se titula ‘Un sueño’ y es de 1981:

"En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y tiene la forma de un círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mi escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular…El poema no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben".

Pablo Picasso dijo "Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando". ¿Acaso un artista o científico no se pierde días y noches, olvidando hasta su vida, en su obra? ¿Acaso todo surge como un chispazo proveniente de la nada? El Génesis dice que a dios le tomó siete días la creación del mundo, y en ese promedio de tiempo, la divinidad imaginó, dudó y especuló sobre lo que debía ser y no ser.


miércoles, 23 de abril de 2008

La música


No hay mayor tendencia a los recuerdos que cuando la música los trae de vuelta. Como cualquier persona, usted tiene una melodía que lo descuelga del perchero-mundo y le demora la no siempre suave caída. Esa que llamamos la canción es la conexión metafórica con un momento, un espacio o un rostro. La simple forma es más inquietante que el contenido, y es agradable dejarse llevar por la polifonía sin excusas de crítico minucioso.

Piense en una identificación con lo visual. Música e imagen son una alianza que establece diversas singularidades entre lo vivido y la certeza de que cada momento se compone de notas, como lo físico de átomos. Esas partículas mínimas son las culpables de que le resulte imposible evadir un recuerdo cuando una canción desciende en el ambiente y atrapa a sus sentidos. Es un soplo involuntario, el cual usted no sabe cómo llega, desligado del hábil malabarista y que penetra en cualquier momento sin medir lugar o ánimo.

Tal vez lo que justifica esa inefable sensación es la momentánea suspensión del tiempo real. Por algo Wilde habría dicho que toda arte tiende a la música, que sólo es impulso y emoción. Y si alguna vez encuentra siquiera a un ser humano que no gustara de ella, no se extrañe si padece algún síntoma de amnesia frívola.

domingo, 23 de marzo de 2008

Variaciones sobre el ocio

Por alguna razón que la cordura desconoce, usted puede encontrarse en ciertas situaciones que han de ser poco benéficas frente a ojos ajenos, pero que a su gusto elimina cualquier preocupación para pregonar lo apreciado y valedero en lo individual. Tal entrega a lo magníficamente sin sentido es el ocio.

Esta frecuente solitaria cerebral no deja pensar en las llamadas para hacer o en los ejercicios a realizar si son provocadores de bostezos y ardores en el estómago. En cambio crece a voluntad y pide raciones desproporcionadas que en ningún momento la sacian mientras hay confidencia completa con el devenir metafísico, ya sea que usted, por ejemplo, se entregue, sin amarres al entorno cotidiano, cuando disfruta de una larga caminata hasta San Antonio y descuide el tiempo mientras observa como en Cali las luciérnagas nacen.

Para algunos es posible que no sea necesario salir, y lo que se imagina afuera se va en palabras sobre papeles descontentos re-leídos y re-escritos; o quizá descuide cualquier manifestación muscular y se deje caer en el sofá mientras la música le dibuja un paisaje surrealista. En otros el ocio son los recuerdos: con descontentos o agradecidos tiempos pasados habrá una abstracción que pudieran llamar Bobada, y desencadene preocupaciones a su alrededor en los que crean en el presente sin mirar ni responder a causas y consecuencias.

Quienes piensan así disfrutan de otra clase de ocio no menos vacío de la palabra deber, aunque si más pragmático. Su mayor felicidad es creer que beben de la vida como se les presenta, lo cual demuestra que la raza nostálgica es poco palpable en lo vertiginoso. Pero no sólo recuperar instantes o juguetear con los que llegan son formas aprovechadas. También idealizar comprende una gama de personajes que hallan en las figuras y colores de lo inconsistente una peculiaridad entre ellos: la esperanza.

Lo que queda es reconocer que no hay mejor comodidad que el disfrute de lo improductivo: olvidar un valor colectivo sobre el qué hacer para poder ser y dejarse llevar en las dichosas variaciones que son la imagen más honesta que usted pueda tener. Ocio, para Klim, es "tener aptitud económica para ejercitar a todas horas la pereza". Ocio, en si, es haber ensayado este escrito.

domingo, 16 de marzo de 2008

Noche de cuenteros

Para disfrutar a gusto y poder reaccionar sin ningún estorbo mental y contextual, diríjase al epicentro donde no encuentre sonrisas burlonas o vocecillas de insecto que tristemente lo integren a este lado y usted deje el otro lado, esperanzado en vivir una noche en su imaginación y recorrer con la alegre voz la posibilidad de mundos no menos reales.

Si la situación no anda del todo mal para su bolsillo, y la mano en su interior no busca con impaciencia mil quinientos pesos que nunca han existido, hágase a una cerveza que le acompañe la noche y le refresque un poco, pues crea, no será el único sentado en primera fila esperando al cuentero, que de griego sólo tiene su fascinación por tejer historias, y el bello calor humano es prácticamente un hecho físico. Ahora, un amigo es una gran compañía para agradecer el silencio y algún asombro, pero dos son palabras sobre la función y usted ya no es parte del teatro, porque la historia narrada es una lectura de los ojos de quien encarna a Homero, a los que seguimos creyendo que en ellos se sostiene las formas descritas por la voz.

Si así lo cree, y usted es un solitario por convicción, no habrá manera alguna de perder el río metafísico que siempre ha querido nadar; y ansiará dejarse llevar por las corrientes para no salir y estrellarse en la realidad provocadora llena de apariciones embarazosas. Por un instante, el cuentero ha sido la puerta, y el cuento un sendero en el cual usted también puede preguntar y recorrer sin señales de humo a lo lejos.

sábado, 8 de marzo de 2008

El olvido sobre Bioy Casares





De Adolfo Bioy Casares tenemos la primera referencia en un cuento de Jorge Luís Borges incluido en su libro "El Jardín de senderos que se bifurcan": Tlôn, Uqbar, Orbis Tertius. Tal acercamiento a un escritor nos hace verlo como una ficción dispuesta en la trama para ejercer verosimilitud en el lector, una generosidad amistosa. Aún más, en entrevistas y biografías sobre Borges y el mismo Bioy Casares, el autor de ‘La invención de Morel’ deja el interior del orbe literario para ser catalogado desde lo externo como el gran amigo del creador del 'Aleph', su confidente y consejero. Lo preocupante es que tras la imagen de Borges, el otro también escritor argentino que cultivó con igual maestría el género fantástico, camina sin gran interés para los lectores contemporáneos.

La obra de Bioy Casares es poco conocida, sólo la cultivada junto a Borges; desde la elaboración del folleto sobre el yogurt de la lechería La Martona, sin dejar la gran "Antología de la Literatura Fantástica", la colección de novelas policíacas "El Séptimo Círculo", hasta el nacimiento del escritor Honorio Bustos Domecq y con él los "Seis Problemas para Don Isidro Parodi" y "Crónicas de H. Bustos Domecq", ha perdurado, a grandes rasgos, en la memoria del lector, más por la participación de Borges que por el divertido experimento de construir en compañía mitigando los estilos en busca del anonimato.

¿Quién entonces habrá leído la novela "La Invención de Morel" a pesar de que circule en librerías en la edición "Cara y Cruz" de Norma y otras tantas que en baratas de libros son mucho más accesibles? He tenido la suerte de hacerme, hace dos años, a los cuatro tomos de los cinco que completan las "Obras Completas" de Bioy Casares por $28.000; libros que en grandes librerías es difícil de encontrar. Aún, en las bibliotecas los ejemplares no son variados y en algunos casos escasean, por lo que es posible pensar que la valoración de la obra del escritor argentino, ganador del Premio Miguel de Cervantes en 1990, es mínima, ya que de ella no conozco otra edición aparte de la publicada en 1998.

Según Juan Lázara, presidente de la Fundación Adolfo Bioy Casares, la poca difusión y valoración de la obra del escritor se debe a una "cuestión de moda ideológica" donde otros autores obtienen mayor interés por sus miramientos políticos y existencialistas; aún, por su estética, estilo narrativo y argumentos, no por ello exentos de validez.

Bioy, como Borges, sostuvo una postura contraria a la de muchos escritores de su tiempo, sea desde el ámbito político o literario. En los dos escritores no había apropiación nacionalista, sino universal, argumentando ideas y expresiones sobre el pensamiento del hombre, sin límites o fronteras en una herencia que nos pertenece, como diría el poeta William Ospina. Además, la valoración de una obra de arte no puede darse desde el perfil del autor, su popularidad en mayor aumento donde se admira anécdotas y manifestaciones públicas en contra o a favor de algún hecho. La vida del escritor es mínima en comparación con la vida de la obra, que es la que debe perdurar, apartando la obstrucción de nombres propios.

La importancia de Borges no debe ponerse en duda. Sea para bien o para mal, su literatura ha ampliado perspectivas estéticas y argumentales e influenciado a escritores tanto en América Latina como en Europa; Humberto Eco es un claro ejemplo. Pero no por ello se deba vincular a Bioy Casares el nombre de Borges cuando se habla de literatura. Claro, su amistad ha sido una especie de diálogo literario, y la influencia de uno sobre el otro, en cuanto a lecturas principalmente, es evidente. Pero Bioy es su obra, diferente de la de Borges. En parte, la poca participación en los cuentos o novelas de Bioy se debe también a su calidad como referente borgesiano.

Las historias de Bioy no son iguales a las de Borges. Sus temas recurrentes, aunque haya un encasillamiento en lo fantástico, son hijos de Bentham y H.G.Wells: una suerte de vigilancia que elimina cualquier tipo de libertad; un panóptico sin muros tangibles como en "Plan de Evasión" combinado con las pesadillas construidas por Wells que llegan a ser posibilidades del hombre en este mundo. Otro, acaso el más importante, es el amor. Un amor anhelado que se encuentra de manera fortuita pero que no puede alcanzarse por el peso de las circunstancias.

Ya son nueve años sin Adolfo Bioy Casares. No puede destinarse al olvido la obra del escritor, como bien lo dijo Juan Lázara: "todos los escritores merecen ser recordados, independientemente de su ideología".

El País - Cali - Marzo 10 de 2008