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lunes, 23 de junio de 2008

El inicio de la creación

En el ensayo ‘El sueño de Coleridge’, Jorge Luis Borges reconstruye una anécdota que bien podría pasar advertida como el prodigio de un gran demiurgo: al poeta inglés Samuel Taylor Coleridge le fue deparado cada una de las palabras de su poema lírico Kubla Khan en un sueño de 1797 luego de quedar dormido y terminar una lectura sobre la edificación de un palacio por el emperador mogol del siglo XIII Kublai Khan (algunos dicen que fue inducido por el opio). Ese palacio, según cuenta Borges, había sido soñado por el monarca en forma de planos arquitectónicos y quedó guardado en su memoria.

Coleridge no conocía el origen onírico del palacio. Borges anota que algunos podrían argüir que el poeta no ignoraba la historia de Kublai Khan y para dar mayor elegancia a su poema, inventó la anécdota. Si fue así, Coleridge sabía que la historia en su devenir cargaría de una gran mística su intención.


Esta, tal vez, es la explicación más racional. Borges, en su ensayo, prefiere otras menos reales y harto sobrenaturales, llenas de magia y asombro. Quizá son las adecuadas para que el lector no sienta cierta frivolidad en el escrito al leerlo de nuevo conociendo ya la anécdota.

Otro caso es el de Julio Cortazar. En una entrevista otorgada a Soler Serrano en 1977, aquel español pretencioso que no oculta sus amplios conocimientos, Cortazar recuerda la aparición de uno de sus personajes más recordados por el lector, su evocación pareciera un ejemplo de creación inocente, típica de la niñez: "Yo estaba en París en 1952 creo, y fui a un concierto en el teatro de chanc ericé; había un gran homenaje a Igor Stravinsky, uno de los músicos que me ha marcado a lo largo de mi vida. Yo estaba muy conmovido viendo por primera vez a Stravinsky quien dirigía la orquesta. Vino el entreacto y todo mundo salió a tomar café, y yo estaba solo, y no tuve ganas de salir y me quedé solo en una de las localidades más baratas en ese inmenso teatro, entonces, de golpe, tuve un poco la sensación de que había en el aire personajes indefinibles, como una especie de globos que yo los veía de color verde, muy cómicos, muy divertidos y muy amigos que andaban por ahí, circulaban y su nombre era cronopios, se llamaban cronopios, venían así".

La anécdota de Cortazar realza lo que muchos han llamado inspiración. Digamos que es el estado en el cual, para bien del artista, el mundo confabula consigo mismo y se cree ver ya todo con claridad. Aparece, por un instante, el nombre real de dios y con él nace una voz interior, casi imposible de contener, que dice "aquí está lo que buscaba". Tal vez García Márquez tuvo tal sobresalto cuando inició la escritura de ‘Cien Años de Soledad’. Carlos Fuentes así lo recuerda: "Gabriel debía viajar dos veces al año para renovar su permiso de residencia —Kafka puro, les digo— y como tanto él como yo pasábamos por una temporada de aguda aerofobia —determinada, en mi caso, por la trágica muerte de Gaitán Durán en la Martinica—, íbamos por carretera a Acapulco, donde Gabo tomaba un vapor inglés de la P. and O. (homenaje sin duda a su admirado Somerset Maugham) y viajaba a Panamá, obtenía la visa y regresaba a México. Recuerdo estos viajes porque en uno de ellos Gabriel García Márquez se transformó. Lo miré y me asusté. ¿Qué había ocurrido? ¿Nos habíamos estrellado contra un implacable autobús de la línea México-Chilpancingo-Acapulco? ¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo? ¿Era culpa de los tacos de cachete y nenepil que comimos en una fonda de Tres Marías? Nada de esto: sin saberlo, yo había asistido al nacimiento de Cien años de soledad —ese instante de gracia, de iluminación, de acceso espiritual, en que todas las cosas del mundo se ordenan espiritual e intelectualmente y nos ordenan: «Aquí estoy. Así soy. Ahora escríbeme»".

Pero no sólo en el arte existe ese instante de comunión con el universo en el que cada partícula aparece de una forma clara y palpable, por decirlo de algún modo. La ciencia, a diferencia de lo que piensa el joven vehemente, y a pesar de la crítica frágil a su rigor sistémico y reservas del ímpetu emocional, donde el científico es visto como un tipo adusto, autero, frío y calculador, existe por la misma sensación que mueve al artista y que al igual que él busca conprender y comprenderse. La entrega no difiere, la soledad es un pacto con el diablo, la pasión es vivir por la obra, y aunque los lenguajes que utilizan sean diferentes, hay una forma de ver al mundo que implanta cierta irrealidad necesaria para no aceptar lo cotidiano, en su concepción más triste, y que los llena de asombro.

Una figura que lo demuestra es el químico alemán August Kekulé, quien descubrió la estructura de un componente del gas alumbrado, el benceno, en un sueño.

En una noche londinense de 1862 (imaginémosla con tienieblas y la sombra de Serlock Holmes en una pared de ladrillos, digno del siglo XIX) Kekulé, impacientado por la falta de claridad en su trabajo, decide dormir tras los intentos para dar con la respuesta de aquella arquitectura. De repente sueña con serpientes que se muerden la cola entre si y forman una especie de anillo. Esa imagen que le fue otorgada, se creería que por algún alquimista que sigue la búsqueda de la piedra filosofal pero que reconoce que no hay sitio para él y sus explicaciones mágicas en este mundo moderno, le propone al científico el diseño de la estructura anular del benceno, la conocida figurita que cualquier estudiante de bachillerato de 11 ha visto en un libro de química orgánica.

Alguna vez Kekulé reveló la causa onírica de su descubrimiento y dijo: "Aprendamos a soñar, caballeros, y así quizás conozcamos la verdad. Pero librémonos de publicar estos sueños antes de que hayan sido examinados por nuestra inteligencia despierta. Dejemos colgar la fruta hasta que esté madura. La fruta verde no es provechosa para quien la cultiva y hace daño a quien la toma".

La inspiración es una especie de trance con la poesía, en la que nos otorga por un momento, que llega a ser incalculable en tiempo y espacio, sus ojos (es hermoso que La Maga pareciera siempre estar en ese estado metafísico). Aunque hay un mensaje implícito en el regalo, y es que no existe un autor auténtico, quien ni siquiera importa, sólo lo perdurable es la obra.


Pero aún así, llegar a presenciar la claridad no es dado de manera instantánea, como se supondría por una involuntaria creencia a que el arte es un don por completo. Tal vez sea intrigante y asombroso, pero Kekulé trabajó toda su vida en la construcción de enlaces de carbono, García Márquez inició los primeros relatos de ‘Cien años de Soledad’ a los 17 años mientras escribía en Barranquilla y trataba de contar la historia de su pueblo en forma de vallenato, Cortazar buscaba el lenguaje de la poesía, que debe de ser sencillo, no por ello sin interés, en sus escritos y juegos literarios como las jintanjáforas y el cementerio de palabras y Rayuela, Coleridge había leído de manera continua sobre el emperador y su edificación, y Borges, quien revisaba de manera minuciosa cada palabra en su prosa, soñó un escrito que según él le fue dado por Kafka en el sueño y que solamente se dedicó a transcribirlo con la ayuda de María Kodama, sin cambiar siquiera una tilde por no ser de él. Tal vez sea un "estamos a mano" de Kafka, pues Borges fue uno de los primeros traductores de ‘La metamorfosis’ al español. El relato se titula ‘Un sueño’ y es de 1981:

"En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y tiene la forma de un círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mi escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular…El poema no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben".

Pablo Picasso dijo "Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando". ¿Acaso un artista o científico no se pierde días y noches, olvidando hasta su vida, en su obra? ¿Acaso todo surge como un chispazo proveniente de la nada? El Génesis dice que a dios le tomó siete días la creación del mundo, y en ese promedio de tiempo, la divinidad imaginó, dudó y especuló sobre lo que debía ser y no ser.


lunes, 26 de mayo de 2008

Internet y la inclusión


Hace dos años la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 17 de mayo como El Día Mundial de la Sociedad de la Información, fecha que fue aprovechada por la entidad española Asociación de Usuarios de Internet para también situar la celebración anual de la red de redes, que se realizaba el 25 de octubre.

Esta conmemoración resalta las posibilidades que puede internet aportar a la sociedad y economía, donde se ha dado un amplio paso a su utilización por parte de personas poco expertas en informática, ahorrando tiempo y ampliando la cobertura de conocimiento tanto de lo local como de lo global.

La divulgación en 1991 de la World Wide Web, WWW, fue el paso con el cual la red de redes se configuró como un medio de fácil manejo y mayor apropiación por la sociedad en general:
una participación activa en internet que resalta dos características de inclusión señaladas por la ensayista estadounidense Nancy Fraser en 1997, quien cuestionó con ellas la falta de vinculación a varios grupos sociales en la construcción de la opinión pública.

La primera es la libertad de acceso. El usuario no encuentra grandes dificultades para descargar información desde internet. Los espacios virtuales pueden ser visitados por cualquier persona quien elige cuál postura y preferencia tomar. Además, internet amplía la cobertura y no sólo son los perímetros regionales los que pueden ser visitados.

Esa cantidad de información lleva a pensar en la diversidad y públicos múltiples, ya que se incluyen diferentes temáticas y temas, donde la persona puede encontrar desde las preocupaciones más íntimas hasta las opiniones que interesan en general a una comunidad, por lo que en internet hay una congregación de etnias, comunidades y estereotipos que buscan una voz pública para representarse.

Internet es una posibilidad que abre caminos si se utiliza de manera correcta para la educación, el entretenimiento e información. Pero a pesar de la pluralidad y horizontalidad que caracterizan su uso, ni en las escuelas ni en los colegios hay un aprendizaje íntegro sobre la incidencia de tal medio en la sociedad y su manejo entre los jóvenes y niños, quienes al haber crecido junto a este fenómeno comunicacional y apropiarse de sus herramientas en los diferentes aspectos de la experiencia social e individual, son llamados la generación My Space.

martes, 15 de abril de 2008

El castigo en nuestras manos


El pasado 8 de abril dos colombianos que asesinaron a un comerciante ecuatoriano en el cantón de San Vicente, provincia de Manabí, en Ecuador, fueron linchados e incinerados por los habitantes de la región en medio de una gran audiencia indiferente.

Un día después Colombia conmemoró los 60 años de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, fruto del todavía desconocido impulso de un joven, Juan Roa Sierra, quien abrió fuego contra el caudillo liberal. Sierra fue arrastrado y maltratado por una turba violenta que exhibía su cuerpo ya inerte en una ruta que iba desde la oficina de Gaitán hasta el Palacio Presidencial en Bogotá aquel imborrable 9 de abril de 1948.

Los dos hechos en sí no tienen particularidad histórica alguna que los relacione. En uno la muerte llega por haber robado a un ciudadano ecuatoriano. En el otro es consecuencia de asesinar al personaje político quizá más importante y querido en el cual muchos colombianos hallaron la voz del pueblo.

Sin embargo existe un rasgo particular en la cultura Latinoamérica que permite interpretar los ajusticiamientos por personas, por individuos cotidianos que no son parte de la fuerza civil. El escritor argentino Jorge Luis Borges lo expone en un ensayo titulado ‘Nuestro pobre individualismo’ fechado en 1946.De ninguna manera, como lo dijo Borges, se pretende justificar o excusar los hechos, simplemente es dar una interpretación del por qué el latinoamericano toma la ley en sus manos.

Borges cree que la idea de un Estado que pueda dar herramientas para la regulación de actos y situaciones poco convenientes entre los ciudadanos, es vista por los argentinos como una insensatez: "El argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse a la circunstancia de que, en este país, los gobiernos suelen ser pésimos o al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción". Esta descripción es posible ampliarla en toda Latinoamérica, pues aunque se refiere a una nación, caracteriza una certeza común en cada uno de los países del continente, la falta de un gobierno honesto y eficaz.

La visión es concretada por Borges al distinguir la impersonalidad del Estado, cualidad que en la gran mayoría de los individuos es extraña, ya que la relación frente a los actos es personal. Lo que implica una toma de decisiones sin la intervención de terceros que en ningún momento tienen derecho sobre las causas y consecuencias al no haber participado en la situación de agravio.
En el latinoamericano entonces no impera el cálculo, sino la emoción. Le parece una pérdida de tiempo y de honor que los castigos o beneficios se practiquen dentro de las leyes, porque la incidencia de un acto es individual y recae sobre los intereses y necesidades de cada persona. Borges lo expone con un ejemplo al hablar sobre una noche de gran importancia en la literatura argentina situada en el poema épico ‘Martín Fierro’: "esa desesperada noche en la que un sargento gritó que no iba a consentir el delito que mataran a un valiente, y se puso a pelear contra sus soldados, junto al desertor Martín Fierro".

Esto, para el latinoamericano, si lo lee, es justificable. Igual es con la violencia desatada contra un ladrón, o un asesino acorralado en un acto que va en detrimento de los habitantes de un barrio. El individuo cree que es bueno el castigo, porque es directo y sin procedimientos de figuras ajenas a los actores principales, ya que se incurre en un abuso a la tranquilidad que no debe esperar a la fuerza pública.

En si, lo que hace del hombre un hijo de Latinoamérica, es el escepticismo por cualquier labor conjunta. Para él es incomprensible pensar en una labor sin un interés individual, donde lo que impera no es la convivencia sino la emotiva lucha, que en la mayoría de los casos impulsan un nacionalismo irrestricto.