domingo, 25 de julio de 2010

Prohibición en lugares cerrados


De Crónicas de Humo

Para Fifo y Beto, que tanto fuman

Hay que desconfiar siempre un poco de toda persona que no fuma.
Qué otros tremendos vicios tendrá!.
Luis Tejada
El Humo

Lamentamos no poder sugerirle que fume,
cosa siempre tan hermosa a la hora del crepúsculo,
pero las condiciones medievales de las salas cinematográficas
requieren como se sabe la prohibición de este excelente hábito
Julio Cortázar
Cazador de crepúsculos

Quienes cuidan de la salud en la ciudad pecan por falta de estética. Ahora las salas de redacción, o los pequeños cafés cuando llueve, han perdido esa calidad de sapiencia y nostalgia tan cautivante; como si las dos imágenes, la agitación de periodistas en un ir y venir de primicias, discusiones, chivas y sonidos de teclas sobre un aire vertiginoso, y la mujer abstraída cerca de un ventanal, con alguna taza blanca y un cenicero sobre la mesa, dejaran ya sus tiempos humanos para entrar en la manía de la línea y con ella un Manual del Ministerio de la Protección Social en el interior de una burbuja. Digamos salud preventiva, aire sin olores y poca basura en el piso, características positivas para esos pulmones según dicen de color rosado, pero que develan la poca importancia prestada en las instituciones gubernamentales por lo bellamente fortuito: llenura descubierta, asombro terrenal, fotografía a escala de grises.
Ministros de salud y médicos de cabecera desmeritan al cigarrillo. Claro, no hay lugar memorable para este sano vicio de pitadas y bolitas de humo en un hospital, o en una concentración deportiva, o en una venta de aparatos electrodomésticos. Entre ellos impera lo justo, y suponen la pertinencia de la prohibición en cualquier lugar: un círculo grande rojo con una banda del mismo color cruzando un cigarro, prohibido fumar. Un detective sin su pipa, un revolucionario cubano que ha perdido el puro habanero o un Editor en hora de cierre despreocupado por el tambaleante pitillo amarillo y blanco en su boca, quién lo pensara. Acaso no es un acto infame arrebatarle tal placer entre los labios a Alejandra Olmos, arrancar una hoja de Vidales o Tejada, erradicar por completo las colillas de una espera incesante, de ayeres queridos, de amanecer liviano. Habrá entonces un tiempo en el cual la prohibición extenderá su banda roja al interior de los libros y el cine, campaña del no fumador para los personajes. Seguro perderemos memorables irrelevancias del arte, y cómo, pregúntese Sir Arthur Connan Doyle, cómo Sherlock Holmes descifrará sus más difíciles misterios. Hombre Watson, tenemos un problema, no sé si elemental.

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