martes, 15 de abril de 2008

El castigo en nuestras manos


El pasado 8 de abril dos colombianos que asesinaron a un comerciante ecuatoriano en el cantón de San Vicente, provincia de Manabí, en Ecuador, fueron linchados e incinerados por los habitantes de la región en medio de una gran audiencia indiferente.

Un día después Colombia conmemoró los 60 años de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, fruto del todavía desconocido impulso de un joven, Juan Roa Sierra, quien abrió fuego contra el caudillo liberal. Sierra fue arrastrado y maltratado por una turba violenta que exhibía su cuerpo ya inerte en una ruta que iba desde la oficina de Gaitán hasta el Palacio Presidencial en Bogotá aquel imborrable 9 de abril de 1948.

Los dos hechos en sí no tienen particularidad histórica alguna que los relacione. En uno la muerte llega por haber robado a un ciudadano ecuatoriano. En el otro es consecuencia de asesinar al personaje político quizá más importante y querido en el cual muchos colombianos hallaron la voz del pueblo.

Sin embargo existe un rasgo particular en la cultura Latinoamérica que permite interpretar los ajusticiamientos por personas, por individuos cotidianos que no son parte de la fuerza civil. El escritor argentino Jorge Luis Borges lo expone en un ensayo titulado ‘Nuestro pobre individualismo’ fechado en 1946.De ninguna manera, como lo dijo Borges, se pretende justificar o excusar los hechos, simplemente es dar una interpretación del por qué el latinoamericano toma la ley en sus manos.

Borges cree que la idea de un Estado que pueda dar herramientas para la regulación de actos y situaciones poco convenientes entre los ciudadanos, es vista por los argentinos como una insensatez: "El argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse a la circunstancia de que, en este país, los gobiernos suelen ser pésimos o al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción". Esta descripción es posible ampliarla en toda Latinoamérica, pues aunque se refiere a una nación, caracteriza una certeza común en cada uno de los países del continente, la falta de un gobierno honesto y eficaz.

La visión es concretada por Borges al distinguir la impersonalidad del Estado, cualidad que en la gran mayoría de los individuos es extraña, ya que la relación frente a los actos es personal. Lo que implica una toma de decisiones sin la intervención de terceros que en ningún momento tienen derecho sobre las causas y consecuencias al no haber participado en la situación de agravio.
En el latinoamericano entonces no impera el cálculo, sino la emoción. Le parece una pérdida de tiempo y de honor que los castigos o beneficios se practiquen dentro de las leyes, porque la incidencia de un acto es individual y recae sobre los intereses y necesidades de cada persona. Borges lo expone con un ejemplo al hablar sobre una noche de gran importancia en la literatura argentina situada en el poema épico ‘Martín Fierro’: "esa desesperada noche en la que un sargento gritó que no iba a consentir el delito que mataran a un valiente, y se puso a pelear contra sus soldados, junto al desertor Martín Fierro".

Esto, para el latinoamericano, si lo lee, es justificable. Igual es con la violencia desatada contra un ladrón, o un asesino acorralado en un acto que va en detrimento de los habitantes de un barrio. El individuo cree que es bueno el castigo, porque es directo y sin procedimientos de figuras ajenas a los actores principales, ya que se incurre en un abuso a la tranquilidad que no debe esperar a la fuerza pública.

En si, lo que hace del hombre un hijo de Latinoamérica, es el escepticismo por cualquier labor conjunta. Para él es incomprensible pensar en una labor sin un interés individual, donde lo que impera no es la convivencia sino la emotiva lucha, que en la mayoría de los casos impulsan un nacionalismo irrestricto.

2 comentarios:

Carlos R dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Carlos R dijo...

Eh! Gustavo que buen artículo. Me parece bastante grave el hecho en que dos colombianos fueron quemados vivos en Ecuador,con mil 'hermanos' ecuatorianos (niños y ancianos) observando lo ocurrido y alentando. Podrán ser asesinos, ladrones o estafadores, pero eran colombianos que merecían un juicio ya que en nuestros países no existe la pena de muerte. Excelente comparación con lo acontecido con Sierra en la muerte de Jorge Eliécer Gaitán y después en un contexto más amplio, se entiende el acontecer del pueblo latinoamericano frente a la violencia contra un asesino o la realidad incoforme que brinda el Estado. .